Son poco más de las 13 horas, una persona que no ha pasado la cuarentena se acerca. Entra directamente en conversación y dice: - ¿Por dónde pasa el Papa? He visto que coge a los niños y los bendice. Tengo a mis hijos en el hospital en la UCI, pero le traigo unas fotos de ellos; al mismo tiempo, saca las fotos de una bolsa de compras.
Le miro a los ojos y, tras un súbito golpe de emoción, le comento: —Sinceramente, no sé por dónde entrará, pero si me entero te digo algo—. Él sólo me dice: —No te preocupes, estaré pendiente de ti—.
Son casi las 15 horas (quedan tres horas para la entrada de
la comitiva). Él está clavado, sin quitarme el ojo. Me acerco a él, le comento
lo probable y las posibilidades de poderlo ver. Él sólo me dice que quiere que el
Papa vea las fotos de sus hijos.
Son las 19,30 horas en el interior de Movistar Arena suena
el himno (Alza la Mirada) de la Visita de SS el Papa León XIV a España:
“El Señor es mi fuerza y mi esperanza. No vacilaré. Él es la roca de la salvación. En Él confío y no tiemblo. En Él confío y no tiemblo.”
Todos estamos de pie; en ese momento, me viene la imagen de ese joven padre, y me brotan unas lágrimas que trato de contener. Lo intento y no puedo; hago movimientos disimulados y lentos para que desaparezcan. Siento su voz, su mirada, su desesperación, su angustia, su querer llegar a esa creencia o fuerza espiritual con la fuerza de la última esperanza. Vuelven a brotar esas lágrimas furtivas porque la peor desesperanza es negar la vida a un hijo.
Siento
cierta culpabilidad al pensar que no haya conseguido su objetivo. Siento la
culpabilidad de no haber hecho lo suficiente y siento la rabia de no tener el
poder de abrir el camino a quien, en un acto de fe, quería enseñar las fotos de
sus hijos para que el Papa León XIV diera la bendición a sus pequeños.




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