He leído unos cuantos libros, seguro que ni muchos ni pocos, fuera de leer o no leer, he de decir que dos son los libros que me han angustiado, saturado e incluso deseaba llegar a su fin para acabar con el sufrimiento de sus personajes. Era una tras de otra las angustias que les sucedían.
Patria
de Fernando Aramburu nos sitúa en la España reciente donde unos asesinos de ETA matan
cobardemente ante una sociedad que, por muy democrática que fuera o fuese, se
había convertido en una sociedad miedosa, cobarde e incluso traidora con sus
vecinos, sin duda alentada por el ambiente político sin escrúpulos, que siempre
impone cómo quiere tener sometida a la sociedad.
Por
fin he acabado Un Mundo Sin Fin de Ken Follett, más de mil páginas que siguen a
su antecesor libro: Los Pilares de La Tierra.
Estamos
en la Baja Edad Media donde la estratificación social está muy marcada entre nobleza,
clérigos y vasallos (no existen las personas ciudadanas); cierto es que hay una
incipiente clase burguesa que trata de tomar posición y superar ese agónico
mundo feudal.
Un
mundo sin fin es una trepidante novela que comienza con un enfrentamiento entre caballeros, siendo
testigos cuatro niños que marcarán sus vidas a lo largo de la novela. Cuatro
pequeños que irán creciendo y potenciando una forma de ser, vivir y percibir el
mundo ante la diversidad de circunstancias de una sociedad con un marcado
carácter inmovilista
Estamos
ante una sociedad donde la nobleza manda a capricho y antojo, de ello se vale
para someter y humillar a sus vasallos. Una clase clerical que domina bajo el
poder incuestionable de su visión sobre Dios, donde cualquier otra situación,
creencia y opinión es herejía.
Es
un mundo con una pirámide social inamovible, donde reyes, nobleza, clérigos, vasallos
y burguesía se mueven entre el amor, el odio, el orgullo y la codicia, que alimentan intrigas, asesinatos, hambruna, plagas y guerras.
Cada
personaje tiene una vida, unas inquietudes, pero todas sus aspiraciones están
marcadas por la agonía del mañana y la desesperanza ante una epidemia (la Peste
Negra) que asola a la población y diezma a las familias.
Ken
Follett, a veces pienso que se recrea en la desesperanza y la angustia de sus
personajes; incluso el lector desea llegar a su fin para, de una u otra forma,
dejar que sus personajes descansen de su sufrimiento.
El
final del libro, su escritor, ha sido condescendiente y ha querido dar un
respiro, o no, por haber dejado agotados a aquellos cuatro niños que han llevado una
vida agónicamente trepidante.
200
años después vuelve Kingsbridge, la
catedral, el priorato y unos personajes que luchan por sobrevivir y transformar
un mundo sin fin sometido a límites insoportables y devastadores.
Cómo se ve aquella sociedad a través de Un Mundo Sin Fin:
La
mujer “Atada como un animal, herida,
asustada cubierta de barro inmundo, caminó tambaleándose detrás de su nuevo
amo por el puente y la carretera que se adentraba en el bosque” y “- El
hombre que prepara ungüentos y medicinas se llama boticario, pero una mujer que
hace los mismo se arriesga a que la llamen bruja”.
La
vida: “y sólo tenía una estancia, que por las noches compartían con la vaca”.
La
iglesia: “- Un hombre de Dios puede
influir en el pueblo. Si lanza un sermón contra el conde o se encomienda a los
santos para que recaiga la desgracia sobre él, la gente creerá que el hombre
está condenado y eso podría restarle poder.”
La
nobleza: “Los siervos le hacían
reverencias y los hijos de éstos se quedaban mirándolo, atónitos. Era el señor
de todos aquellos individuos y dueño de hasta el último objeto del lugar” y
“-En la actualidad es un delito exigir,
ofrecer o aceptar salarios más elevados que los que se pagaban por .trabajos
similares en 1347”.
La
peste negra: “Borrachos que se mutilan
entre ellos, padres que abandonan a sus hijos, enfermos a las puertas de mi
hospital, hombres que hacen cola para fornicar con una mujer borracha sobre una
mesa a las puertas de la taberna, el ganado que se muere en los pastos,
penitentes medio desnudos que se azotan para recoger los peniques que les
lanzan los transeúntes y, por descontado, el brutal asesinato de una joven
madre en mi convento. Me importa bien poco si vamos a morir todos de peste.
Mientras estemos vivos; no voy a permitir que nuestro mundo se venga abajo”.


















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