lunes, 9 de febrero de 2026

Un Mundo Sin Fin


He leído unos cuantos libros, seguro que ni muchos ni pocos, fuera de leer o no leer, he de decir que dos son los libros que me han angustiado, saturado e incluso deseaba llegar a su fin para acabar con el sufrimiento de sus personajes. Era una tras de otra las angustias que les sucedían.

Patria de Fernando Aramburu nos sitúa en la España reciente donde unos asesinos de ETA matan cobardemente ante una sociedad que, por muy democrática que fuera o fuese, se había convertido en una sociedad miedosa, cobarde e incluso traidora con sus vecinos, sin duda alentada por el ambiente político sin escrúpulos, que siempre impone cómo quiere tener sometida a la sociedad.

Por fin he acabado Un Mundo Sin Fin de Ken Follett, más de mil páginas que siguen a su antecesor libro: Los Pilares de La Tierra.

Estamos en la Baja Edad Media donde la estratificación social está muy marcada entre nobleza, clérigos y vasallos (no existen las personas ciudadanas); cierto es que hay una incipiente clase burguesa que trata de tomar posición y superar ese agónico mundo feudal.

Un mundo sin fin es una trepidante novela que comienza con un  enfrentamiento entre caballeros, siendo testigos cuatro niños que marcarán sus vidas a lo largo de la novela. Cuatro pequeños que irán creciendo y potenciando una forma de ser, vivir y percibir el mundo ante la diversidad de circunstancias de una sociedad con un marcado carácter inmovilista

Estamos ante una sociedad donde la nobleza manda a capricho y antojo, de ello se vale para someter y humillar a sus vasallos. Una clase clerical que domina bajo el poder incuestionable de su visión sobre Dios, donde cualquier otra situación, creencia y opinión es herejía.

Es un mundo con una pirámide social inamovible, donde reyes, nobleza, clérigos, vasallos y burguesía se mueven entre el amor, el odio, el orgullo y la codicia, que alimentan intrigas, asesinatos, hambruna, plagas y guerras.

Cada personaje tiene una vida, unas inquietudes, pero todas sus aspiraciones están marcadas por la agonía del mañana y la desesperanza ante una epidemia (la Peste Negra) que asola a la población y diezma a las familias.

Ken Follett, a veces pienso que se recrea en la desesperanza y la angustia de sus personajes; incluso el lector desea llegar a su fin para, de una u otra forma, dejar que sus personajes descansen de su sufrimiento.

El final del libro, su escritor, ha sido condescendiente y ha querido dar un respiro, o no, por haber dejado agotados a aquellos cuatro niños que han llevado una vida agónicamente trepidante.

200 años después  vuelve Kingsbridge, la catedral, el priorato y unos personajes que luchan por sobrevivir y transformar un mundo sin fin sometido a límites insoportables y devastadores.

Cómo se ve aquella sociedad a través de Un Mundo Sin Fin:

La mujer “Atada como un animal, herida, asustada cubierta de barro inmundo, caminó tambaleándose detrás de su nuevo amo por el puente y la carretera que se adentraba en el bosque” y “- El hombre que prepara ungüentos y medicinas se llama boticario, pero una mujer que hace los mismo se arriesga a que la llamen bruja”.

La vida: “y sólo tenía una estancia, que por las noches compartían con la vaca”.

La iglesia: “- Un hombre de Dios puede influir en el pueblo. Si lanza un sermón contra el conde o se encomienda a los santos para que recaiga la desgracia sobre él, la gente creerá que el hombre está condenado y eso podría restarle poder.”

La nobleza: “Los siervos le hacían reverencias y los hijos de éstos se quedaban mirándolo, atónitos. Era el señor de todos aquellos individuos y dueño de hasta el último objeto del lugar” y “-En la actualidad es un delito exigir, ofrecer o aceptar salarios más elevados que los que se pagaban por .trabajos similares en 1347”.

La peste negra: “Borrachos que se mutilan entre ellos, padres que abandonan a sus hijos, enfermos a las puertas de mi hospital, hombres que hacen cola para fornicar con una mujer borracha sobre una mesa a las puertas de la taberna, el ganado que se muere en los pastos, penitentes medio desnudos que se azotan para recoger los peniques que les lanzan los transeúntes y, por descontado, el brutal asesinato de una joven madre en mi convento. Me importa bien poco si vamos a morir todos de peste. Mientras estemos vivos; no voy a permitir que nuestro mundo se venga abajo”.